“No se puede enseñar nada a un hombre; sólo se le puede enseñar a descubrirlo en su interior”.

Galileo nació en la ciudad de Pisa, Italia, el 15 de febrero de 1564, convirtiéndose con el tiempo en el mayor de seis hermanos. Su padre fue el músico y matemático Vicenzo Galilei, y su madre, Giula Ammannati, una joven proveniente de una familia de artesanos; juntos se dedicaron al comercio de telas.
La educación de Galileo estuvo a cargo de su padre durante sus primeros diez años de vida, momento tras el que la familia se trasladó a Florencia para afrontar sus problemas económicos y el joven Galilei pasó al cargo de su vecino Jacobo Borghini.
Jacobo era un gran devoto religioso, por lo que inscribió a Galileo en el monasterio de Santa María de Vallombrosa, donde éste estudió filosofía, latín y griego, y eventualmente se mostraría interesado en la vida eclesiástica y daría a conocer sus deseos de convertirse en monje. Al enterarse de esto en 1579, su padre (un hombre para nada creyente) lo sacó del monasterio excusándose en una pequeña infección que Galileo tuvo en el ojo, alegando que no se le había cuidado debidamente.
Un par de años más tarde, en 1581, Vicenzo mandó a su hijo mayor a la Universidad de Pisa para que estudiara medicina, pero si bien Galileo fue un joven muy curioso, ésta no llamaba su atención tanto como otras áreas lo hacían, como las matemáticas, la filosofía y la física.

Poco es sabido que Galileo era católico, y dice una leyenda que fue precisamente durante una misa en la catedral de Pisa que observó balancearse a uno de los candelabros que colgaban del techo, y se dio cuenta de que a pesar de que la amplitud de la oscilación se iba haciendo cada vez más pequeña, el periodo (la duración de cada oscilación) siempre era el mismo, y lo comprobó al medir con su propio pulso dicho periodo. Esta observación lo llevó a crear el pulsímetro, invento que sirvió para medir el pulso de las personas usando un péndulo y que fue muy bien recibido al presentarlo ante la comunidad médica.
En la misma Universidad de Pisa, Galileo asistió a varias clases del matemático Ostilio Ricci, quien vio en él gran talento y en 1583 convenció a Vicenzo para que le permitiera dejar la medicina y centrar sus estudios en las matemáticas.

Dos años más tarde, Galileo regresaría a Florencia sin ningún título, pero con una sólida base en ciencias que más tarde le permitiría realizar numerosos avances.
Durante los siguientes dos años Galileo trabajó dando clases particulares, y escribió sobre el movimiento hidrostático y natural, que, junto a la fama que se había ganado durante su tiempo en la universidad, lo llevó a que los altos académicos de Florencia le plantearan un problema: ¿cuáles eran las dimensiones y ubicación exactas del infierno descrito por Dante Alleghieri en La Divina Comedia?
Galileo se tomó este planteamiento muy en serio, y llegó a la conclusión de que éste se encontraba bajo una cúpula que formaba parte de la superficie terrestre y cuyo epicentro se encontraba en Jerusalén, pero sus cálculos nunca terminaron de cuadrar, pues la cúpula que se imaginaba era demasiado pesada para sostenerse sin los apoyos necesarios, que nunca se mencionan en el libro. Sin embargo, dio dos conferencias al respecto en la gran Academia de Florencia, las cuales le otorgaron un puesto como profesor de matemáticas en la Universidad de Pisa en 1589, para después sentar por su cuenta las bases de la teoría de escalas.
También es aquí cuando Galileo comienza a cuestionarse en serio el pensamiento aristotélico, el cual era fuertemente respaldado y tomado como fuente de conocimiento absoluto por la Iglesia católica. El replanteamiento más conocido es probablemente aquel que habla sobre la caída libre.
Aristóteles decía que la velocidad con la que caía un objeto era directamente proporcional a su peso, pero él no utilizaba la experimentación como método de comprobación. Galileo pensó que cuando un objeto cae no sólo está presente la fuerza de gravedad, sino también la resistencia del aire, que podía ser mayor o menor según la forma del objeto, y razonó que, si su hipótesis estaba en lo cierto, dos objetos que tuvieran la misma forma se enfrentarían a la misma resistencia aunque su peso fuera diferente y, por lo tanto, ésta podría ignorarse.

Si bien no hay registro de ello, otra leyenda dice que, para comprobar esta idea, Galileo subió hasta la plataforma más alta de la torre de Pisa con una bola de madera y otra de hierro, y las tiró al mismo tiempo por la barandilla. Abajo había colocado una tina con agua que lo ayudaría a escuchar cuándo llegaban las bolas al suelo. A pesar de la gran diferencia de peso, ambas llegaron al agua exactamente al mismo tiempo, demostrando así que todos los objetos caen a la misma velocidad.
Vicenzo Galilei murió en 1591, dándole a Galileo la responsabilidad de cuidar y mantener monetariamente a su familia, lo que lo metió en una crisis financiera. Al año siguiente pasó a trabajar a la Universidad de Padua.
En 1599 conoció a Marina Gamba, con quien pronto entabló una relación. En los años siguientes tendrían tres hijos: Virginia (1600), Livia (1601) y Vicenzo (1606). La pareja nunca llegó a casarse y terminó separándose en 1610. Un par de años más tarde, las dos niñas ingresaron al convento de San Mateo, donde Livia cambió su nombre a Arcángela, y Virgina al de María Celeste, en honor a la Virgen María y al amor de su padre por la astronomía.

Un antiguo alumno llevó a Galileo, en 1609, la noticia sobre un nuevo artefacto holandés construido por un tubo con dos lentes que hacía que los objetos lejanos se vieran cercanos: el anteojo monocular. Emocionado por todas las posibles aplicaciones de dicho objeto, Galileo construyó y perfeccionó uno, utilizando para ello veinte aumentos, y lo empleó para estudiar el cielo. Fue el primero en observar el relieve de la Luna, y descubrió los cuatro satélites más grandes de Júpiter (hoy llamadas «las galineanas»).
Pronto, el Domo de Venecia lo invitó a presentar su invento, y en 1610 publicó sus observaciones en el documento El mensajero sideral, que lo hizo famoso en todo Europa y le permitió regresar a Florencia.

Un año más tarde se dio cuenta de que Venus no se movía en círculos perfectos alrededor de la Tierra, como habían dicho Aristóteles y Ptolomeo en la antigua Grecia, y reafirmó sus observaciones con los escritos de Nicolás Copérnico, científico polaco que a finales del siglo XIV usó las matemáticas para retomar los escritos de otro filósofo griego, Aristarco de Samos, que por la variación de tamaños había llegado a la conclusión de que la Tierra giraba sobre sí misma inclinada sobre su propio eje, y a la vez, alrededor del Sol en una forma no circular: la teoría heliocéntrica.
En su momento, Nicolás Copérnico fue víctima de numerosas críticas y sus libros fueron agregados a la lista de obras prohibidas por la Iglesia, y en 1600 Giordano Bruno fue condenado a la hoguera por difundir esas mismas conclusiones, por lo que no es una sorpresa que los descubrimientos de Galileo causaran revuelo no sólo por parte de Iglesia, sino también dentro de la comunidad científica, en la que si bien inspiró a algunos, como a Johannes Kepler, otros tantos intentaron desmentirlo, pues aceptar estas ideas implicaban admitir que la Tierra era sólo un planeta más, y que a grandes rasgos la raza humana no era tan especial en el Universo como se creía.
Cuando Galileo se dio cuenta de que su trabajo podía llegar a ser peligroso para él mismo, escribió una carta a la gran duquesa de Toscana, Cristina de Lorena, en la que además de mostrar sus puntos a favor de la teoría de Copérnico, aseguró que no existía ninguna contradicción entre ésta y las Sagradas Escrituras, pero que de todas maneras era necesario ver a la ciencia y a la fe de diferentes maneras para alcanzar el verdadero progreso.
“Aunque la Escritura no puede errar, con todo podría a veces errar, de varias maneras, alguno de sus intérpretes y expositores. Una de éstas, muy grave y frecuente, sería la de siempre querer interpretarla en el sentido más literal”.
En 1616 el Vaticano lo citó en Roma, donde el cardenal Roberto Bellarmino le prohibió formalmente continuar divulgando y defendiendo la teoría heliocéntrica, llamándola «filosóficamente insensata y absurda, y formalmente herética, ya que en muchos aspectos contradice de forma expresa las oraciones de las Sagradas Escrituras en su significado literal, su interpretación común y la opinión de los Santos Padres y de los doctores en teología». La mayoría de las obras de Galileo fueron censuradas en estas fechas.
Durante la siguiente década él continuó con sus observaciones astronómicas y publicándolas siempre que le era posible, siendo atacado en numerosas ocasiones, pero respondiendo cuando le parecía oportuno. Llegó incluso a ser defendido por otros, como, por ejemplo, Tomasso Campanella, un poeta que en 1616 redactó Apología de Galileo, pero que no fue muy tomado en serio porque ya estaba condenado por herejía.

El 28 de agosto de 1620 el cardenal Adulato Barberini envió a Galileo un poema que él había compuesto en su honor, Adulato perniciosa.
Ubano VIII, tío de Adulato, fue elegido Papa en 1622, y lo autorizó para publicar su libro El ensayador, una respuesta al matemático Orazio Grassi que trataba de probar como erróneas las observaciones de Galileo sobre los cometas.
Galileo viajó a Roma en 1624 y permaneció ahí alrededor de un mes, siendo recibido en numerosas ocasiones por Urbano VIII (a quien había dedicado El ensayador) y es él quien le da idea de escribir su famoso libro Diálogo sobre los dos sistemas del mundo, donde presentaría argumentos sobre el sistema geocéntrico y el sistema heliocéntrico, probando al final que el primero no puede sostenerse al tener en cuenta las observaciones que Galileo mismo había hecho.
Galileo no escribiría este libro hasta 1631, y lo publicaría en 1632, trayéndole, por supuesto, problemas con la Santa Inquisición, que lo acusó formalmente de hereje. Muchos sospecharon que el personaje de Simplicio en su obra estaba basado en el mismísimo Papa, por lo que éste se volvió en su contra durante el caso, lo que no sorprendió a muchos debido que era bien conocida su gran autoestima.
Ese mismo año Galileo fue llamado a juicio, pero debido a su avanzada edad (68 años) se demoró en llegar a Roma, por lo que el juicio se llevó a cabo en 1633.
«No me siento obligado a creer que Dios nos dotara de inteligencia, sentido común y raciocinio teniendo como objetivo privarnos de su uso».
Para eludir amenazas de tortura y aceptando promesas sobre un trato clemente, Galileo aceptó confesar, y el 30 de abril dijo ante la corte: «Yo, Galielo Galilei, abandono la falsa opinión de que el Sol es el centro del Universo y de que éste se encuentra inmóvil. Abjuro, maldigo y detesto dichos errores».
Se dice que al ponerse de pie después de dar esta declaración, murmuró su famosa cita: «… y sin embargo, se mueve», refiriéndose a la Tierra alrededor del Sol. Sin embargo, otros aseguran que lo hizo más tarde, pues habría sido desafiante decirlo en ese momento frente al tribunal.

El 22 de junio fue condenado a cadena perpetua, pero se le permitió cumplirla bajo arresto domiciliario. Esto no detuvo a Galileo, que continuó con sus investigaciones desde Florencia, y en 1635 comenzó a escribir la que sería su última obra, Discurso y demostración matemática en torno a dos nuevas ciencias, la cual publicaría tres años más tarde. En ella, introduce las bases de la mecánica para establecerla como una ciencia, poniendo fin a la física aristotélica y dando inicio a la ciencia moderna.
Este libro también también causó un gran impacto por otra cosa: fue escrito en italiano en una época en donde todos los trabajos científicos se publicaban en latín. Este uso del lenguaje cotidiano permitió a las personas comunes leerlo, popularizando la ciencia. Por esto se considera a Galileo Galilei como el primer divulgador científico.
La vista Galileo empeoró crónicamente, llevándolo hasta la ceguera absoluta, por lo que contrató a su aprendiz Vicenzo Viviani para que lo ayudara a tomar nota de sus experimentos y a realizar sus observaciones.
Vicenzo permaneció junto a Galileo durante sus últimos dos años y medio de vida, en los que su salud se vio muy deteriorada, pero en los que también se mantuvo muy ocupado. Más tarde Vicenzo escribiría la primera biografía sobre su maestro, en la que dice: “le asaltó una fiebre que le fue consumiendo lentamente y una fuerte palpitación, con lo que a lo largo de dos meses se fue extenuando cada vez más, y, por fin, un miércoles, que era el 8 de enero de 1642, hacia las cuatro de la madrugada, murió con firmeza filosófica y cristiana, a los setenta y siete años de edad, diez meses y veinte días”.
«La duda es la madre de la invención».